FRANCISCO SUEÑA CON UN RIÑÓN
¡Hola! Me llamo Francisco tengo 8 años, y hoy te voy a contar cómo me convertí en el capitán de una nave espacial.
Al principio, las cosas se pusieron un poco raras. Mi mamá me veía chiquitico y débil, así que un día me llevó a un gran hospital. Los doctores hablaban en un idioma extraño que yo no entendía y mi mamá lloraba inconsolable. Luego de algunas visitas al médico empezaron los pinchazos, los morados en los brazos y en los pies. ¡Parecía que me habían pintado con crayones morados!
Y de repente, ¡ZACARRACATELAS! la ruleta empezó a girar dentro de una gran sala. Pero no era una sala cualquiera… ¡era una base de naves espaciales! Wao wao wao
Allí estábamos 8 niños astronautas: Tenchi, Adriana, Pedro, Betsy, Gloria, Dervis, Marcos y yo, Francisco. Al principio estábamos inquietos, bravos y gritando, porque nuestras naves (que los adultos llaman «máquinas de diálisis») hacían ruidos raros mientras limpiaban nuestra sangre. Había días de risas entre los 8, y días tristes donde solo queríamos mirar por la ventana de la nave espacial.
¡Aparece el General Gris y llegan las Hadas!
En ese hospital mandaba el observador más aburrido del universo: ¡El General Gris, de nombre Milton! El General Milton odiaba los colores, las risas y la diversión. Marchaba por los pasillos haciendo sonar sus botas: ¡Tac, toc, tac, toc!
— ¡Silencio! —gritaba Milton, con su cara seria—. ¡Esta sala debe ser gris, fría y aburrida!
¡Prohibido sonreír!
Pero un día, ignorando las amarguras del General Milton, ¡ZAS! la puerta se abrió. Entraron tres Hadas Madrinas: Anahís, Iris y Gloria, vestidas con lindos trajes rosa brillantes con largas varitas mágicas doradas y hermosas coronas llenas de esmeraldas.
— ¡Somos sus Hadas Madrinas y con la varita mágica te venimos a sanar! —exclamaron.
Al General Gris, de nombre Milton, casi se le caen los pantalones del susto. Las hadas pasaron por cada niño y, con tres golpecitos en la cabeza, derramaron polvo cósmico de estrellas con una tonada tilín, tilín, tilín. ¡La sala gris se llenó de música! Las naves espaciales empezaron a brillar, a moverse y a cantar en una nueva frecuencia:
«Soy tu amigo fiel, no te abandonaré, siempre estaré aquí, no me tengas miedo y sé feliz».
¡Qué risa! El General Milton intentaba confiscar el polvo mágico marchando muy serio, pero se tropezaba con los juguetes del suelo y ¡CATAPLUM! caía de pompi. Los 8 niños reíamos felices viendo nubes con formas de estrellas, elefantes y tortugas. Nuestros papás y mamás estaban emocionados, con las caras sonrojadas de la alegría al vernos volar indestructibles y felices, como auténticos héroes del espacio.
¡Yo me sentía Peter Pan!
La batalla contra la oscuridad de Milton
Pero un día, las hadas tuvieron que ir a otra galaxia y dejaron de venir. El General Gris Milton, aprovechó para hacer de las suyas. Trajo una enorme pintura gris y pintó las ventanas. La sala se volvió oscura y el brillo de los 8 niños se fue apagando poco a poco. Los médicos no entendían qué pasaba.
Afortunadamente, una enfermera convertida en Ángel, la gran Victoria le dijo al médico jefe:
—Doctor, a estos astronautas les faltan sus Hadas Mágicas para entender los colores, amar la vida y vencer el gris del General Milton.
El médico, al que le cayó la locha del asombro, corrió al teléfono y marcó el número secreto:
00800IntegrandolaVidaestoycompletoyasalvo.
¡ZAS, llegaron rapidísimo! Y esta vez las Hadas traían refuerzos: el Rey Bernardo, el Rey Walter y la Princesa Bárbara, con cofres llenos de sorpresas mágicas. El General Milton intentó detenerlos con su mirada más seria, pero el Rey Walter abrió un cofre lleno de globos y confeti de colores.
¡El General Milton quedó cubierto de brillo de pies a cabeza! Al verse en el reflejo de la ventana, ya no era gris; una luz dorada lo iluminó por dentro, sus ojos brillaron y una sonrisa tímida apareció en su rostro.
Su energía gris se había transformado en pura luz. El observador había cambiado, y al cambiar él, toda la sala cambió. ¡Milton dejó de marchar y empezó a bailar! ¡Problema resuelto!
El secreto de la magia cuántica
Los Reyes y la Princesa nos enseñaron el superpoder de la respiración cuántica para conectar con el vacío creador y mantener la paz: — ¡A inflar la barriga en 1, 2, 3, 4, 5!… sostenemos el aire en un instante eterno… y ahora a desinflarla soltando todo el miedo en 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10.
Lo hicimos tres veces. El miedo quedó en el olvido. Cerramos los ojos en un ciclo de vida, sostenidos por el aro de luz dorada del polvo mágico. Yo tomé mis colores y dibujé mi nave con amarillo, naranja y dorado, lavando mi líquido vital, mi agua, mi sangre roja brillante. En mi dibujo, el sol me sonreía con cara feliz y me decía: “Estás bien, eres suficiente, tienes un lugar seguro, no tengas miedo, no estás solo… son muchos como tú, ¡sigue adelante y vuela libre!”.
Pero aún me faltaba un gran sueño. Con los ojos aguados, dije:
—Tengo un deseo… quiero un riñón.
El Ángel se acercó y me susurró:
—Pregúntale a las Hadas, a los Reyes y a las Princesas cómo atraer tu riñón desde el campo de todas las posibilidades.
Todos nos reunimos y rodeamos en la sala, así unimos nuestras energías. Me enseñaron a visualizar mi riñón: un riñón rosado, hermoso, sano, moviéndose suavecito dentro de mi cuerpo y lavando mi sangre hasta volverla púrpura de terciopelo.
Miré a mi mamá, tomé la fuerza de su amor y, con el corazón en paz, imaginé mi riñón izquierdo con tanta fuerza y tanta fe, sintonizando la frecuencia exacta de mi salud, que el universo respondió en una sincronía perfecta: ¡BOOM! el teléfono de la sala sonó. El colapso de onda se había hecho realidad.
— ¡Llamen a la mamá de Francisco! —gritó el médico—. ¡Llegó un donante compatible! ¡Vamos a operarlo en tres días, todo estará bien!
Un final feliz sobre ruedas
¡La magia cuántica funcionó! Hoy ya no estoy en la sala de diálisis. Esa máquina, que al principio veía como un monstruo gris, terminó siendo mi ombligo, mi hermana y mi sostén de vida. Pero ahora… ¡le digo adiós desde mi nueva bicicleta!
Ahora soy un Rey Mago que ayudará a otros. Las Hadas, los Reyes y la Princesa Bárbara nos dejaron la lección más bonita de todas: «Todo es posible de visualizar con fe. Solo debes creer en ti».
Los regalos de la vida llegan en los momentos menos esperados; caminan lento o rápido como el Correcaminos, listos para abrir cofres con sorpresas mágicas. Yo abrí mi cofre y encontré mi riñón.
Y a mis amigos Tenchi, Adriana, Pedro, Betsy, Gloria, Dervis y Marcos les digo: Aunque ya no estoy físicamente en la sala, nuestras naves espaciales siguen entrelazadas por un hilo invisible de luz. Cada vez que yo pedaleo con fuerza en mi bicicleta, mis piernas les mandan energía cuántica a sus naves para que limpien más rápido y vuelen alto. ¡Estamos conectados para siempre!
¡Sí, sí, sí se puede! Toma tu varita mágica, pide tu deseo y visualízalo. Y recuerda que cada nave tiene su propio tiempo de vuelo y su propio momento perfecto para aterrizar. ¡Nadie se queda atrás, somos cuánticos y somos felices!
¡Fin!